El Evangelio según Jacotot.

“Creo que Dios creó el alma humana capaz de instruirse sola y sin maestro”. (Rancière, 2003, p. 76).

Por Mª. Verónica Merino y Felipe Cona

 

 

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            Dibujo: Joaquín Torres García, Uruguay             

 

 

Solamente el azar podía llevar a Jacques Rancière (1940), un filosofo francés cuyos estudios estaban centrados en buscar una vinculación teórica y práctica sobre emancipación intelectual y emancipación social, a encontrar en una polvorienta librería de Buenos Aires, las premisas de un personaje olvidado, que postulaba que se puede enseñar lo que no se sabe. Este descubrimiento lo llevó a escribir una de sus obras imprescindibles, “El Maestro Ignorante”, publicada el año 1987, y traducida al castellano el año 2003.

 

Una de las lecciones que se sobrepone en la lectura del texto de Jacques Rancière, “El Maestro Ignorante”, como revisión del método de Joseph Jacotot (1770-1840), tiene que ver con una palabra permanente en el debate educacional. En términos generales, todos la emplean en distintas instancias, desde sus diferentes perspectivas y paradigmas, incluso, es hasta  políticamente correcto utilizarla en cualquier tipo de discurso que se plantea como arenga de cohesión social, con fines “utópicos” (políticos). En nuestra sociedad desde donde sea que nos situemos, la palabra “Igualdad”, nos conduce a encontrarnos con la desigualdad. Indeleble reflejo de la dialéctica en cuanto a su discurso dual. Esto, lleva a permanentes controversias sobre como se combate la desigualdad, partiendo de la base que esta existe. Discursos de izquierda y derecha plantean desde sus trincheras, un combate encarnizado para la erradicación de ésta.

 

Quien parte de una desigualdad que entiende de hecho, evidentemente la admite. Esto significa que reconoce que o bien hay desiguales a él (inferiores) y él aspira igualarlos (haciendo lo posible por “ascender” a los inferiores), o bien hay desiguales a él (superiores) que él debe esforzarse en igualar, pero con la ayuda de los superiores (ya que de no ser así, evidentemente no serían sus superiores y podría bastarse a sí mismo). En cualquiera de los dos casos, lo que domina – y es la matriz de la lectura política que hace El maestro ignorante –, es el menosprecio, ya sea del otro o de uno mismo.[1]

 

En este sentido, lo que Rancière nos quiere mostrar, es que es posible, a través del método de Jacotot, plantear la ecuación de otra manera, borrando de antemano el prefijo “des”.

 

Un personaje de comienzo del siglo XIX, académico, pedagogo y lector de literatura francesa, experimentó en su exilio en Holanda, que el azar y la voluntad bien conjugados nos puede llevar a nuevas respuestas en situaciones que creemos ya resueltas. Mientras la burguesía y en ocasiones las masas populares, se turnaban el poder en Francia post caída de Napoleón Bonaparte en Waterloo. En una época que incitaba a los cambios en búsqueda de una estabilidad civil perdida, desde la época monárquica, Joseph Jacotot, sufre un exilio en los países bajos, donde ofició como profesor de lengua francesa en circunstancias aparentemente adversas, ya que él no sabía holandés ni sus alumnos conocían el francés. Sin embargo, él quería responder a los deseos de ellos, es así que recurrió a una edición bilingüe de Telémaco, de Fénelon, publicada en esos momentos en Bruselas. Les pidió que aprendieran el texto francés ayudándose de la traducción. Posterior a esto, les hizo repetir una y otra vez lo que habían aprendido y les dijo que se contentasen de leer el resto al menos para poderlo contar. Para su sorpresa, luego de pedirle a los estudiantes así preparados que escribiesen en francés lo que pensaban de todo lo que habían leído, se dio cuenta de grandes progresos que habían alcanzado esos jóvenes. Habían podido comprender de manera avanzada una lengua que no conocían, y lo más interesante en este caso, ajeno a explicaciones que supone el método tradicional de enseñanza. 

De este modo, un elemento en la lección de Jacotot sobraba, siendo la explicación en si misma la que planteaba una forma ya condicionada para aproximarse al conocimiento. Si revisamos el tema desde el punto de vista dual, nos damos cuenta que entre maestro y alumno, se entablan niveles jerárquicos de sabio a ignorante, superior a inferior, instructor e instruido. La revelación que se apoderó de Joseph Jacotot, según Rancière, se concentra en esto:

Es necesario invertir la lógica del sistema explicador. La explicación no es necesaria para remediar una incapacidad de comprensión. Todo lo contrario, esta incapacidad es la ficción que estructura la concepción explicadora del mundo. El explicador es el que necesita del incapaz y no al revés, es él el que constituye al incapaz como tal... la explicación es el mito de la pedagogía, la parábola de un mundo dividido en espíritus sabios y espíritus ignorantes, espíritus maduros e inmaduros, capaces e incapaces, inteligentes y estúpidos. La trampa del explicador consiste en este doble gesto inaugural. Por un lado, es él quien decreta el comienzo absoluto: sólo ahora va a comenzar el acto de aprender. Por otro lado, sobre todas las cosas que deben aprenderse, es él quien lanza ese velo de la ignorancia que luego se encargará de levantar.(Rancière, 2003, p.8).

 

 

Es esta constante dualidad, uno de los mecanismos de una filosofía que lleva implícita la fragmentación del conocimiento ante todas las cosas. Es impensable plantear en el debate, que puedan haber profesores que enseñen lo que no saben, porque la importancia de la enseñanza está puesta en la forma de explicar los conocimientos, y en ese sentido el profesor es el representante de un saber validado y encaminado hacia ciertos objetivos. Cuestionar el saber del maestro, puede ser interpretado como una ofensa a la pedagogía misma, ya que, la explicación es el “mito de la pedagogía”. Lo que hace Jacotot es presentar una perspectiva que amplia el campo pedagógico, proponiendo que un maestro puede llegar a instruir infinitas materias, sin saber en que consisten estas. Esto es, porque el rol fundamental del maestro, no es instruir sus conocimientos, sino, emancipar al alumno en descubrir su propio aprendizaje, apostando a que cada uno puede hacerlo a través de su potencia y su voluntad.

Los alumnos de Jocotot, aprendieron sin maestro explicador, pero no por ello sin maestro. Antes no sabían, y ahora sabían. Luego Jacotot les enseñó algo. Sin embargo, no les comunicó nada de su ciencia. Por lo tanto no era la ciencia del maestro lo que el alumno aprendía. Él había sido maestro por la orden que había encerrado a sus alumnos en el círculo de dónde podían salir por sí mismos, retirando su inteligencia del juego para dejar que sus inteligencias se enfrentasen con la del libro. (Rancière, 2003, p.11)

No hay que confundir los términos entre “maestro ignorante” e “ignorante maestro”, ya que uno incentiva el aprendizaje de los alumnos, mientras el otro trata de enseñar arbitrariamente contenidos que no sabe, en la lógica de la charlatanería.

 

Lo que podemos desprender de estas experiencias de Jacotot, es la reformulación de conceptos clave como inteligencia y  voluntad.
Si todos los alumnos de Jacotot lograron aprender de forma bastante parecida un idioma que no conocían, es porque las diferencias entre sus inteligencias no debieron ser muy grandes. Lo que movilizó a aquellas inteligencias fue la voluntad a aprender algo que deseaban aprender. De esta forma, al eliminar la explicación se eliminó el miedo jerárquico entre profesor que explica y alumno que aprende, y todas las inteligencias quedaron en igualdad de condiciones. Jocotot plantea que todos los hombres nacen con la misma inteligencia. Estas inteligencias, que cuando eran infantes no se diferenciaban mayormente unas de la otras, iniciaron el camino del aprendizaje sin ningún maestro al aprender la herramienta fundamental del hombre para poder comunicarse, que es el lenguaje, y ahora volvían a reencontrarse con ese mismo tipo de aprendizaje. El método de Jacotot, bautizado como el método de Aprendizaje Universal, postula que todas las personas (salvo casos excepcionales) han pasado por este tipo de instrucción, donde se parte de cero, donde nadie obliga a aprender y donde no hay currículo o método de enseñanza. Pero nuevamente hay que aceptar algo para que el método funcione, y es que todas las inteligencias son iguales. Nuevamente hay que aceptar un todo, antes que una dualidad. Pero si nuestra sociedad nos impone la idea, que en el contexto de la vida real, hay cultos e ignorantes, exitosos o fracasados, superiores o inferiores, ¿cómo se prueba que estás inteligencias pueden ser iguales? La clave está en la voluntad de las personas por querer aprender. Todas las personas se vieron obligadas a aprender a hablar, como necesidad de poder comunicarse con su entorno. Balbucean, ensayan, repiten una y otra vez, hasta que cumplidos los 5 años es raro encontrar a un niño que no sepa comunicarse a través de un lenguaje. El problema aparece cuando el sistema considera que hay personas con mejores capacidades que las otras, y los niños son seleccionados según sus supuestas virtudes, dejando a algunos con una gran autoestima ya que son tratados como inteligentes, y tienen que esforzarse (ejercitar su voluntad) para ser mejores, mientras los otros, son aportillados en sistemas diferenciados, donde se les tiene que explicar de forma más lenta lo que otros aprenden rápidamente, pues sus capacidades están en desmedro. De esta forma, a los privilegiados del sistema se les explica que son superiores, por lo tanto son quienes deben guiar a la sociedad de inferiores. Mientras los inferiores se les explica que ellos deben servir a los superiores, pero que en cierto, sentido son privilegiados ya que no tienen que esforzarse tanto en “servir” a los demás como las mentes superiores. Nada más parecido a un mundo Huxleyriano. Rancière infiere de su estudio sobre Jacotot, “La inteligencia es atención y búsqueda antes de ser combinación de ideas. La voluntad es potencia de movimiento, potencia de actuar según su propio movimiento, antes de ser instancia de elección…()… Este es el cambio fundamental que genera el nuevo giro de la definición del hombre: el hombre es una voluntad servida por una inteligencia.” (Rancière, 2003, p.32). De esta forma, el profesor, el maestro, el pedagogo no tiene que ser un recipiente de conocimiento que busca el mejor método para transmitirlo a sus alumnos, sino, una voluntad que estimula otra voluntad. “El maestro es solo una autoridad, una voluntad que ordena al ignorante que haga su camino. Es decir, echa a andar las capacidades que el alumno ya posee…”[2]

Etimológicamente se cree que la palabra alumno, significa “carente de luz”. Se dice que esto es erróneo, y más bien, es una palabra que viene del latín alumnum, que deriva de la palabra alere, que significa alimentar, significa también "alimentarse desde lo alto". Para efectos de la siguiente metáfora, la etimología del mito nos servirá para describir el método Jacotot. La enseñanza religiosa presenta una verdad absoluta, incuestionable. Su enseñanza distingue bien del mal, tiene un axioma que no transa con cuestionamientos relativistas. Es una verdad iluminada, que da cobijo en un oasis de luz al alumno que quiere tener, o que se le impone una respuesta arbitraria. Este alumno se queda para siempre bajo esa luz acogedora, y no pretende entrar al oscuro bosque del conocimiento, pues éste es solamente un distorsionador de esa “Verdad Absoluta”. Pero hay alumnos que sí quieren cuestionarse dichas verdades, y optan por los maestros quienes guían el oscuro camino del bosque. El maestro bien sabe cruzar el bosque, y desde atrás, ilumina el camino al alumno, para que encuentre la salida más rápida. De cierto modo, hay un primer paso, pero que es engañoso, pues el alumno puede tomar ese camino iluminado por el profesor como la única vía de salida para llegar al conocimiento. Es cierto que el alumno se atrevió a entrar al bosque, pero sin duda no estaba convencido de ello, salvo porque el maestro estaba ahí, y se sabía el camino. Pero Jacotot busca que el alumno entre solo al bosque del cual él mismo, como maestro, desconoce las salidas. Así el alumno encontrará por su cuenta propia, la entrada, el camino y la salida. En la metáfora del bosque, cuando uno tiene una luz y un camino ya condicionado por el maestro, el único sentido que se emplea, es el sentido de la vista. Si no existe tal camino definido, el individuo está obligado a utilizar todos sus sentidos. Lo que genera la necesidad de aprender de los alumnos de Jacotot es la desesperación por comunicarse, es decir en la búsqueda metafórica, es la agudeza y la utilización de todos los sentidos (el individuo total) sin fragmentaciones, y la superación del entrampamiento de las dualidades, sujeto-objeto, individuo-sociedad, maestro-alumno, enseñanza-aprendizaje.

De esta forma, la misión del maestro ignorante es la de emancipar al alumno para que él por si mismo cree su propio aprendizaje. Sin duda, se puede clasificar como una teoría antiautoritaria que puede ir más lejos que los postulados de Rogers, quien sugiere un cómo en su metodología no directiva, pero no un para qué. También, valida a Neill, mecanizando el método que llevaba a algunos alumnos de Summerhill, a sentir igualdad ante sus pares, sin importar sus conocimientos. Si Neill tenía el secreto para enseñar la libertad en el juego, para lograr la autonomía del individuo, Jacotot tenía la llave complementaria de la libertad en el aprendizaje. Sin embargo, es Rancière en los tiempos actuales, quien extiende estos planteamientos al ámbito de la política, la sociedad, y a todo orden de cosas donde el hombre esté presente. Entonces:

¿Cuál es la finalidad de crear alumnos emancipados en esta sociedad?

Primero tenemos que entender que un alumno emancipado es una persona consciente de su propio poder o potencia. Es decir alguien que siente, o se ha apropiado de la idea que puede aprender lo que desee si se lo propone. Esta emancipación no es planteada desde logros materiales o intelectuales, sino desde el simple hecho de situarse como un igual. Pero según Jacotot, antes de lograr este fin, el maestro debe ser un emancipado, para que la relación entre alumno y maestro sea de igual a igual. “La posibilidad de emancipación en el enseñar, está ligada para Jacotot, a la potencialidad de un triple cuestionamiento, que es un llamado libertario dirigido a la inteligencia, y un imperativo radical, dirigido a la voluntad. El maestro no debe dejar de preguntar: “y tú... ¿qué ves?, ¿qué piensas?, ¿qué harías?”. (Cerletti. 2003, p.303).


Entonces una persona emancipada es alguien que puede comprender que todas las personas son iguales por el hecho de querer serlo. “La igualdad no se da ni se reivindica, se practica, se verifica.” (Rancière, 2003, p.75). Por ende, enseñar y aprender, es un vínculo directo entre los individuos (sin mediaciones), la imposibilidad de institucionalización, la relación conflictiva con el estado contradicen el objetivo deseado. Las instituciones jerarquizan y crean márgenes por lo tanto es imposible que una institución llámese gobierno, ministerio u otras hablen de igualdad en la sociedad, sin que sea simplemente un discurso demagógico. El paternalismo y autoritarismo, son dos caminos que convergen en la misma ruta. Parten desde distintos escenarios pero finalmente privan al otro de consumar una verdadera realización. Basta ver en la contingencia, en este caso como el ministro de educación, Joaquín Lavín, toma un enfoque paternalista y de inmediatez, a la hora de proponer formar estudiantes que estarán preparados para poder lograr una movilidad social. Mientras el ex ministro de estado, José J. Brunner, en una pretendida igualdad que habla de equidad, busca insertar la mayor cantidad de estudiantes en un sistema educativo que en sí ya es excluyente, por lo tanto el círculo permanece igual.


Aportar a la emancipación del otro, sin situarnos desde el recurrente discurso de la democracia, los clásicos paternalismos caritativos, o demagogias de luchas de clases, es el primer paso para promover de manera aterrizada una sociedad igualitaria. Es la aplicación de una fórmula que permite eliminar el entramado que nos lleva siempre a plantearnos las cosas desde la dualidad y desde la dialéctica de la negación.
En nuestras salas de clases donde nos encontramos a veces en un “territorio de nadie”, en una lucha permanente del profesor por explicar la materia, por enseñar sus conocimientos, al encuentro de alumnos ansiosos, aburridos, desinteresados, algunos agresivos, que desertan antes de comenzar, y que aprenden desde el miedo, ya sea, a la jerarquía o al fracaso, las respuestas para lograr una tregua no abundan. En este sistema, que promueve la disciplina por sobre la libertad, los conocimientos impuestos como vía para el desarrollo, y la búsqueda de la especialización acentuada en las distintas ciencias como forma para conseguir un estatus, no han dado soluciones al problema de la desigualdad entre seres humanos. Y si aquel “evangelio” o buena nueva, que nos dice que la voluntad individual de los hombres nos conduciría a la igualdad estuviese en lo correcto, son los sistemas políticos-educativos actuales entonces, los que están buscando la equidad en una dirección opuesta, alejándose cada vez más de ella.
La enseñanza universal no se consolidará, no se establecerá en la sociedad. Pero no perecerá, porque es el método natural del espíritu humano, el de todos los hombres que buscan por sí mismos su camino. Lo que los discípulos pueden hacer por él, es anunciar a todos los individuos, a todos los padres y a todas las madres de familia, el medio de enseñar lo que se ignora según el principio de la igualdad de las inteligencias. (Rancière, 2003, p.58)


 

Conclusiones.

 

Este planteamiento, que bien se puede entender como la promulgación de ideas que apuntan a una “buena nueva”, entendiendo que el empleo de esta palabra se puede utilizar como una connotación que no necesariamente apunta hacia fines religiosos y que postula en su síntesis el lograr el desarrollo del hombre integral o total, en donde el principio de esta enseñanza es: “hay que aprender alguna cosa, y relacionar con ella todo el resto. Según este principio: todas las inteligencias son iguales”. (Rancière, 2003, p.14). Entonces, ¿a qué se debe este principio?. Curiosamente todo ser humano ha tenido una experiencia similar varias veces en la vida, al aprender cosas sin explicaciones, sino apelando a la capacidad de observación de cada uno. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido, sino hasta Jacotot que este método podía ser empleado para instruir a los demás. Bastaría con decir: “aprende el hecho, imítalo, conócete a ti mismo, éste es el camino de la naturaleza. Repite metódicamente el método del azar, que te ha dado la medida de tu poder. La misma inteligencia obra en todos los actos del espíritu humano”. (Rancière, 2003, p.13).

Es así como han procedido los genios y los grandes personajes. ¿Qué es lo que impide entonces, experimentarlo?. Al margen de la ideología que regula y condiciona la sociedad, y por ende, el ámbito educativo, esto es algo que se aplica escasamente en todo lugar. Existe una cuestión de sentido del tiempo, que ciertamente estipula las estructuras y relaciones en la sociedad, sin embargo, esto no es causa real de deserción, sino el hecho de que nadie quiere reconocerlo como un método que podría detonar una revolución intelectual. El método de emancipación, nos recuerda también de manera distinta, pero no alejada, la apuesta que han hecho otros hombres, como el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal (1925), quien se apoyó en las teorías de Freire para la alfabetización y concientización de los campesinos en un retirado archipiélago, en el lago de Nicaragua, en Solentiname. En donde propone, a ese grupo de hombres analfabetos  que observen lo que tenían en común. La práctica ya no se da desde el sermón, sino a través del diálogo de una creencia, religiosa en este caso, que podían aplicar para la apropiación de su vida cotidiana. Es así, que se desarrolla el “Evangelio en Solentiname” como una buena nueva (la buena noticia a los pobres) logrando ese sentido de potencia y de creencia en ellos mismos y en sus propios medios.

 

 

Sigue tu destino,

riega tus plantas,

ama tus rosas.

El resto es la sombra

de árboles ajenos.

 

La realidad es siempre más o menos

como queremos.

Sólo nosotros somos siempre

Iguales a nosotros mismos.[4]

 

Fernando Pessoa



[1] http://www.eresloquesientes.com/fernandopessoa.htm, 09/05/2010

 

 

 


[2] http://clionauta.wordpress.com/2008/05/30/entrevista-a-jacques-ranciere-el-maestro-ignorante/. 08/05/2010

[3] Cerletti, 2003, p. 305. http://www.scielo.br/pdf/es/v24n82/a21v24n82.pdf. 03/05/2010


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